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Las familias de la élite en el Hatoviejo Colonial

Autor: 
Edgar Restrepo
Publicado en: 
Miércoles, Abril 29, 2015 - 10:56pm
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El sitio de Hatoviejo en su época colonial se caracterizó por la apropiación y explotación de sus tierras, de sus recursos naturales y minerales, y más específicamente de su mano de obra, entre algunas familias blancas descendientes de los primeros españoles de la provincia. Este selecto grupo de familias conformó la élite colonial.

Hacia finales del siglo XVI, Hatoviejo al igual que el Valle del Aburrá había comenzado a tener importancia política y económica. Un creciente flujo de inmigrantes habían comenzado a poblar el Valle, construyendo  “Haciendas de Campo” y casas de tapia y teja en el nuevo marco de la Villa de “Nuestra Señora de la Candelaria” de Medellín. Los pocos indígenas que quedaron después de la Conquista, habían sido trasladados en 1613, dejando abierto el territorio a la colonización.

Entre 1640 y 1675, varios ricos mineros como el capitán Juan de Piedraita Saavedra y Don Diego Beltrán del Castillo, se habían asentado y formado  haciendas y casa de campo, en Hatoviejo y Fontidueño, respectivamente. Ellos compraron parte de las tierras que se habían rematado a la muerte de Gaspar de Rodas en 1613.

Conformadas las respectivas haciendas con sus familias, el Hatoviejo colonial fue estableciéndose a lo largo del siglo XVIII, alrededor de estos puntos espaciales del paisaje, reflejando el desarrollo de una élite local, con su poder social, económico y político.

En el censo de 1675, se registraron tres sitios, con sus respectivas familias:  Hatoviejo con los descendientes de Don Juan de Piedraita y Saavedra; Niquía con los de Don Francisco Miguel de Villa y Posada y Don Pedro Celada Hidalgo, luego Don Fernando Barrientos, Don Cristóbal del Pino, entre otros; y Fontidueño con los de Don Miguel de Montoya García, Don Toribio Gallón, Don Sebastián de Metauten y Don Javier Mejía. Posteriormente, se diferenciaron el sitio de la Madera y las tierras de Pedregal, situando en la primera a la familia de Don Ignacio López de la Sierra, y en la segunda, a la de Doña Gertrudis del Mazo, viuda de Don Carlos Gaviria, importante comerciante de la Villa.

Veamos a continuación el origen social y familiar de algunas de las más importantes familias que conformaron la élite local.

 

Los Gutiérrez

La rama de los Gutiérrez que se estableció en Hatoviejo, proviene del Capitán Miguel Gutiérrez de Lara, originario de Santa Fé de Bogotá, quien se radicó en el Valle de Aburrá hacia mediados del siglo XVII. Don Miguel  contrajo matrimonio con Doña Juana Manuela de Torres, del cual tuvo seis hijos, los más destacados fueron Don Pablo y Don Miguel, quienes  acrecentaron el patrimonio de sus padres.

Don Pablo heredero las tierras y la hacienda de campo situada en la Madera, y  una mina llamada “San Diego” en Santa Rosa de Osos, que trabajó con varios esclavos, y aumento su caudal. En 1717 contrae matrimonio en primeras nupcias con Doña María Ignacia de Arroyave, de la cual queda viudo en poco tiempo. Vuelve a casarse en 1723 con Doña Jacinta López de la Sierra. Para el momento de la muerte de Don Pablo, en 1749, su caudal ascendía a $ 3.380 pesos de oro de 20 quilates.

De este matrimonio surgieron siete hijos, cinco hombres y dos mujeres: Ignacio, Gregorio, Mateo, Antonio, Pablo, Juana María y María Josefa[1].  Todos se radicaron en Hatoviejo, excepto Gregorio que se radicó en San Pedro, dedicándose algunos a  la agricultura y otros a la minería. Entre los hombres, los más destacados fueron:

Don Antonio Gutiérrez. (1748-1807). Se casó con Doña Juana Robledo,  probablemente en 1767, y del cual tuvieron siete hijos. Tuvo como capital $8.156 pesos representado en 40 fanegas de tierra ( 1.3 hectáreas cada una), para rocería y cría de ganado vacuno y una mina de  oro corrido en San Pedro[2], trabajadas ambas posesiones con 22 esclavos. Compró además otras tierras en Hatoviejo en 1776 a Doña Lucía de Aldave, nieta de Don Juan de Piedraita Saavedra, descritas entre el río y la calle real del partido.  La venta fue por valor de $400 pesos de oro en polvo,  pagados  en 200 pesos de un esclavo mulato y el resto en efectivo[3].

Don Gregorio Gutiérrez de la Sierra. Casado con Doña Mariana de Avendaño. Fue vecino de San Pedro.  Suscribió un poder para testar a favor de su esposa Doña Mariana de Avendaño, porque como él mismo decía: “lo grabe del accidente que me ha acaecido, no me da lugar a otorgar mi testamento...” [4]. Pidió ser sepultado en la Candelaria. Hijos: Manuel Salvador, Joseph Miguel, Joseph, Marcela, Maria Josepha Celedonia y Felipe.

Doctor Don Ignacio Gutiérrez. Presbítero, vecino del  sitio de San Pedro. Fue el que heredó la hacienda en el sitio de la madera, con Hato y estancias[5].  

Don Mateo Gutiérrez Sierra (murió el 18 de agosto de 1802, de 70 años), casado en primera instancia con Doña Trinidad Tamayo, hija de Don Manuel Tamayo, principal descendiente de la Familia Piedraita Saavedra y que se radicó en  Hatoviejo; y luego con Doña Juana Gutiérrez. Tuvo un modesto capital ( $ 510 pesos) con media fanegada de tierra  y tres esclavos, con los cuales trabajaba.

 

Los Montoya

Esta familia se radicó en Fontidueño, cuando Don Miguel Montoya García, compró las tierras a Don Francisco Javier González de Castro, a principios del siglo XVII. El sitio de Fontidueño fue hato y estancias con una capilla viceparroquia, llamada “Nuestra Señora de Guadalupe”.

En 1747, Don Miguel se casó con Doña Isabel Metauten, con la cual tuvo cinco hijos: 3 hombres y 2 mujeres[6]. El hijo más destacado fue Don José Ignacio, pues en 1777, era alcalde provincial y poseía mina y 24 esclavos en Santa Rosa de Osos[7].

Don Miguel mantuvo la hacienda con sus diferentes productos y algunos préstamos de la época,  conocidos como capellanías. Especialmente participó en el culto a la lámpara del Santísimo Sacramento de la Iglesia de la Veracruz, asegurando $250 pesos de la misma en estancias y tierras de Fontidueño[8]

A pesar de los esfuerzos de Don Miguel por mantener la prestancia de la hacienda de Fontidueño,  su hijo Don José María, y otros vecinos como Don Manuel Metauten, su cuñado, y Don Ignacio de Arango, no pudieron mantener en forma adecuada la capilla por lo que en 1792 el obispo de Popayán Don Ángel Bustamante y Velarde, ordenó su demolición por su “estado tan lamentable”.  Los comisionados como el Presbítero Don Casimiro Tamayo y Don Carlos Paniagua debieron proceder a la “venta de los materiales, solares, ornamentos y demás alhajas” de la capilla de Fontidueño para con ello proveer a las reformas de la capilla de Hatoviejo[9].

 

Los Piedraita y Saavedra.

Esta familia tiene origen en Don Juan de Piedrahita y Saavedra, inmigrante español, de la ciudad de Toledo, quien llegó al Valle de Aburrá hacia 1600.  Don Juan participó inicialmente en la administración española como Teniente de gobernador a igual que su hermano, el presbítero y Maestro Don Alonso de Piedrahita y Saavedra,  quien se desempeño como Comisario de la Santa Cruzada  en la Villa de Medellín[10].

Para el momento de su muerte, en 1667, el capitán Don Juan poseía un patrimonio de  $22.933 pesos de oro, representado en una estancia de ganado mayor y pan, hato con potreros, aposentos, canal y capilla en Aburrá (Hatoviejo, llamado inicialmente “San Jacinto”),  además de tierras en el sitio de comunidad, cultivos de maíz, plátano y caña; 86 esclavos por valor de $15,160 pesos de oro; así como una mina en Osos y otra en el sitio de San Pablo por valor de 300 pesos[11].

Del matrimonio con Doña Jacinta de Piedraíta, resultaron cinco hombres y  tres mujeres: el Presbítero Luis Álvarez, el alférez Antonio, Doña María, Don Alonso, Doña Catalina, Doña Jacinta Mónica, Don Juan  y Don José. El Presbítero Alonso de Piedraita se hizo cargo de la iglesia de “Nuestra Señora del Rosario” hasta el nombramiento oficial de Mateo Palacio como cura párroco.

El Alférez Antonio de Piedraita hizo parte de los primeros cargos oficiales de la Villa de Medellín, nombrado por el gobernador Don Francisco Montoya Salazar[12]. Sin embargo no duró mucho en el cargo porque no había confirmación oficial de la Corona para tal erección y por tanto para noviembre de 1675, fue reemplazado como Alférez Real por Don Rodrigo García Hidalgo [13].  Don Antonio se casó con Doña Juana Maria de Arango y Baldes, viuda del capitán Cristóbal Ruiz de la Parra de la ciudad de Rionegro, mujer que heredó una gran fortuna de sus padres.

Desde 1670, las tierras del sitio de Hatoviejo estuvieron en manos de la familia Piedraita Saavedra, dirigida por Doña Jacinta y asesorada por su hijo Don Antonio, quien le ayudo a administrar los bienes y el pago de las deudas contraídas por su padre. A la muerte de su madre, Don Antonio siendo uno de sus albaceas se apropió de la mayoría de sus bienes, por lo que su hermano el Alférez Juan, lo demandó en 1708[14]. El otro albacea fue su nieto el Maestro Don Francisco Tamayo, en quien recayó una buena parte de la propiedad, y dan origen a la familia Tamayo.

El hato y las tierras que constituían el sitio de Hatoviejo, estuvieron condicionados a dos capellanías: la primera en $ 1.000 pesos que se impuso por muerte del capitán Cristóbal Gómez de Salazar,  padre de Doña Jacinta; y la segunda, en otros mil pesos para que se ordenara el comisario Alonso de Piedraita, pero que falleció y por tanto fue otorgada al Presbítero Luis  Piedraita, a quien se le debían réditos por dos o tres años.

La línea de descendencia familiar del capitán Juan de Piedrahita y Saavedra, sólo tuvo continuidad en su hijo Joseph, en su nieto Don José Piedrahita Cobo y  bisnieto en la persona de Don Ignacio de Piedrahita Velásquez y tataranieto en Don Joaquín y Don Antonio Piedraita Álvarez[15].

 

 

Los Villa Castañeda

Desciende de Don Toribio de Villa Posada, español y minero. Llegó a mediados del siglo XVII a Antioquia y se radicó en el Valle de Aburrá, donde se casó con Doña Juana de Centeno Hidalgo. Fue teniente de Gobernador hacia finales del siglo XVII. En 1675 vivía con su familia en Niquía. Poseyó una mina llamada “Nuestra Señora del Rosario” situada en el real de minas de Petacas en los Osos.

Don Toribio tuvo  siete hijos, cuatro mujeres y tres hombres. De uno de ellos, Don Francisco, desciende la línea que se destacó en  la Villa de Medellín y en el sitio de Hatoviejo.  Don Francisco continuó  el trabajo de su padre en la mina del Rosario, acrecentando el número de esclavos involucrados y, por ende, su rendimiento:  La mina era trabajada por 49 esclavos que produjeron 12.074 pesos de oro entre 1782 y 1795.

Don Francisco se casó con la hija de un prominente español de la Ciudad de Antioquia, Doña Micaela de Castañeda, con la cual procreó cinco hijos varones: Juan Salvador, Francisco Javier, Francisco Miguel, Agustín y Gregorio. A los dos primeros les patrocinó sus estudios clericales, convirtiéndose en distinguidos sacerdotes, el uno en Medellín como cura y vicario propio de la Villa y el otro, destacado catedrático en Popayán.  A los tres últimos les heredó importantes minas en Los Osos, tierras en el Valle de Aburrá, especialmente en Niquía y una posición social destacada entre las más importantes familias de la Villa de la Candelaria.

Sus hijos, Francisco Miguel y Juan Salvador heredaron la mina y el segundo se hizo sacerdote, obteniendo el título de Comisario de la Santa Cruzada en 1744,  y finalmente  el curato y la vicaría de la parroquia de la Villa de la Candelaria de Medellín que rigió entre 1751 y 1795, año de su muerte. 

Juan Salvador, obtuvo el título y puesto de Cura y Vicario Eclesiástico de la Villa de Medellín. Fue figura importante en las obras públicas de Medellín, al reedificar la capilla de la Candelaria en 1768, con material de mampostería y calicanto; y donar casa y solar por valor de 1050 castellanos de oro en polvo para la construcción del Convento de San Francisco.

Don Francisco Miguel con el título de capitán de milicias ocupó varios cargos en el concejo: Alcalde Ordinario en 1733, 1741, 1756 y 1760;  Depositario General y Regidor en 1743 y 1744,[16] Procurador General  en 1753 y 1762; y en 1734 alcalde de la Santa Hermandad. Estos cargos del  Consejo de la Villa de Medellín, le otorgaban brillo y dignidad a él y a su familia, además de la influencia política local. En su caudal económico poseía tierras en Niquía y una mina llamada “Las Petacas”, que compró al capitán Don Juan de la Torre.

En el campo de su familia, Don Francisco Miguel, se casó dos veces; la primera vez con Doña Mariana de Molina Zapata y luego con Doña Felipa Gallón Gaviria, hija del acaudalado comerciante y minero Don Toribio Gallón.

Sus tíos, Don Gregorio y Don Agustín (alcalde ordinario en 1741) se desempeñaron por igual en el comercio y la minería, ocupando posiciones políticas en el concejo de Medellín como alcalde de la Santa Hermandad o Procurador General. Don Gregorio prosiguió la explotación de la mina en Santa Rosa de Osos con 23 esclavos a igual que su sobrino Don Salvador, cura y vicario de la Villa[17]

Don Agustín se dedicó a la explotación agropecuaria en tierras de Hatoviejo y Medellín. En 1740 compró un pedazo de tierras de “pan y Caballería”, en el sitio del Atajo, a Don Fernando Barrientos por  300 pesos. En 1745 amplió su terreno al comprar en el mismo sitio, un pedazo de tierra de caballería al Doctor Don Carlos de Molina y Villa por $ 75 pesos.

 

Los Tamayo 

Esta familia tiene origen en el matrimonio realizado entre Don Baltasar de Tamayo y Tovar, un inmigrante español (que vino a probar fortuna junto a su hermano en Antioquia), y Doña Catalina Piedraita y Saavedra.  Su padre el capitán Don Juan de Piedraíta y Saavedra igualmente enlazó a sus demás hijos con peninsulares. Su hija, Doña Catalina continuó en parte la misma tradición, cuando unió a su hija Laura María con el español Nicolás de Rave y Guillón. A sus otros hijos, Josefa María y Francisco, convino matrimonios con sus primos radicados en Santa Fe de Antioquia; a la primera  con Agustín Fernando de Montoya y  al segundo con Francisca Suárez de Piedraita[18].

La continuidad de la línea paterna y el crecimiento de su capital inicial estuvo en el maestro  Don Francisco Baltasar Tamayo Piedraita, quien se enlazó con Doña Francisca Suárez. De sus descendientes  va a conformar la parentela Tamayo en el sitio de Hatoviejo. Especialmente se van a destacar  Don Juan Manuel Salvador,  Don Juan Ignacio y Don Juan Manuel. El primero se radicará en Envigado, el segundo en la Villa y el tercero en Hatoviejo.  Tanto el hijo de Don Juan Manuel Salvador,  Don Vicente, así como el hijo de Don Juan Manuel, Don Juan Francisco Casimiro; serán los principales personajes influyentes de la localidad, el uno desde sus posesiones y el otro desde sus sacerdocio y su labor social y pastoral a lo largo del Valle.

Así para la segunda mitad del siglo XVIII, tres miembros de la familia Tamayo se habían posicionado social y económicamente en el partido: los dos primos, Don Vicente Tamayo Guerra Peláez, Don Juan Manuel Tamayo Piedraita y su hijo, el presbítero Don Casimiro Tamayo de Maya.

Don Juan Manuel se casó en 1740 con Doña María Guerra Pelaes Gómez, viuda de Don Patricio Yépez,  e hija de Don Alejo Peláez Granano y Doña María Micaela Gómez de Ureña. Doña  María poseía tierras en Envigado, las cuales fueron aportadas en dote al matrimonio. Don Juan Manuel Salvador tuvo 2 hombres y 3 mujeres: Vicente, Juan Manuel, Margarita, Josefa Ignacia y  Lucía Jacinta.

 

Familia Barrientos

Don Fernando Antonio Barrientos Rondón nació en 1704 en Cádiz, provincia de Andalucía (España). Inmigrante a América en el siglo XVIII, llegó a Medellín en 1722 a la edad de 22 años. A los pocos meses se enlazó con Inés de Celada Tobar heredera de Don Pedro Celada Hidalgo, “dueño de tierras y ganado considerable en los vecinos valles de Rionegro y diversas minas y 57  piezas de esclavos en la jurisdicción de la ciudad de Remedios” [19].

Este matrimonio le permitió a Don Fernando establecerse con solidez económica en el Valle del Aburrá, emprender negocios en la explotación minera y producción agropecuaria con las tierras de Niquía. Igualmente le posibilitó ingresar al círculo cerrado de la élite regional,  demostrando progreso  en los negocios y ejerciendo cargos en el Cabildo de la Villa, como alcalde de primer  voto en varias ocasiones a mediados del siglo XVIII[20].

De este matrimonio, Don Fernando tuvo 4 hombres y dos mujeres. Las hijas, Isidora y María, escogieron la vida religiosa en el Convento del Carmen en Medellín y uno de los hombres, Don Alejandro sirvió el curato de San Pedro hasta 1808, acumulando una importante fortuna por sus negocios de mina, capellanías y tierras en Copacabana, Hatoviejo y San Pedro. Joaquín y Fernando Antonio, se casaron con las hermanas Ruiz Zapata, Joaquina y Manuela respectivamente, hijas de un explotador de minas en Sonsón. El primero dejó 13 hijos (seis hombres y siete mujeres) y el segundo, dos hijos: un hombre, Enrique y  una mujer, María Antonia.  Sus hijos más destacados fueron:

Joaquín Barrientos Celada quién con ayuda de sus padres, acumuló una fortuna importante de 16.571 pesos en 1786. Fue un minero importante, poseedor de varias minas en Santa Rosa y los Montes de Cuibá, que no residió en la villa sino en Hatoviejo.  Allí poseía un cuarto de legua en tierra de sementera y cría de ganado. “Aunque no vivía en el marco de la villa su influencia social y política era grande, como lo atestigua su activa participación en el cabildo. Don Joaquín fue alcalde de la Santa Hermandad en 1761 y alcalde ordinario de segundo voto en 1770 y 1784 [21].

Fernando Antonio Barrientos Celada, amplió la posesión de Niquía y  en ella mantuvo 14 esclavos y 13 agregados[22]. Su hijo, Don  Enrique Barrientos Ruiz contrajo matrimonio  con Doña Juana de Villa, hija de Don Francisco Miguel de Villa, otro importante miembro de la élite local de Hatoviejo. Tuvo 3 hombres y 5 mujeres. Vivía con su padre en Niquía, en una “posesión de tierras con casa de teja, cocina y trapiche, y en ella siembran y cogen maíz, caña y plátanos y toda hortaliza...y mantienen 100 reses y 40 yeguas”[23].

Esta primera generación no podemos tomarla como exclusivos habitantes del Hatoviejo. Ellos siempre se consideraron habitantes de Medellín, con posesiones en cualquier parte del Valle de Aburrá o en sus cercanías. Fernando y Joaquín se casaron con las hermanas Ruíz Zapata, hijas de un explotador de minas en Sonsón y a quien se le adjudica la fundación de este pueblo. Estos matrimonios incluyeron en la élite a los hermanos Barrientos y ellos se comportaron como tales por su misma práctica económica: buscadores de oro, traficantes de mercaderías y dueños de tierra.  Joaquín declara en el censo de 1786, poseer tierras en Hatoviejo, Itagui, Rionegro y los Osos. Su testamento lo hizo en Medellín en 1793[24].

 



[1] Arango, Gabriel  “Genealogía de Antioquia y Caldas”,  página 123.

[2] Censo de Caudales de Hatoviejo. 1786. Archivo Histórico de Antioquia (en adelante A.H.A.) Censo y Estadística. Tomo 340. Documento 6503.

[3] A.H.A.  Protocolo de Escribanos, 21 de septiembre de 1776, folio 112v.

[4] Estableció como albaceas, además de su esposa, al comisario bachiller Don Pedro Zapata y al Doctor Don Carlos de la Madrid. No expresa bienes. Tenía un pleito contra el Maestro Don Lorenzo Velásquez, por lo cual le confirió poder al abogado de la real audiencia Doctor Don Lorenzo Benítez. A.H.A.  Protocolo de Escribanos, 11 de abril de 1776, folio 41v.

[5] A.H.A. Mortuorias, Tomo 312. Documento 6080

[6] Arango, ,“Genealogía de Antioquia y Caldas”,  Tomo II,  página 93-94

[7] Medina, Martín Alonso  “Huella Histórica: Santa Rosa de Osos”. 1988. página 85

[8] En 1746 asumió una capellanía por $ 100 pesos, fundada por Da Jacinta López de la Sierra para patrocinar la ordenación de su hermano, el presbítero Don Luis López de la Sierra.

[9] Libro de Visitas, AP.(Archivo Parroquial)

[10] Benítez, José Antonio “El Carnero de Medellín”. Ediciones Autores Antioqueños, Medellín, 1988 página 67 y  82,  respectivamente.

[11] Álvarez, Historia de Antioquia pagina 58-59. Ver también:  Aguirre, Guillermo “Bello: Patrimonio Cultural”,  página 28. AHA. Colonia. Mortuorias. 1667. Testamento de Don Juan .Documento No. 5703.

[12] Auto de Erección de la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, 20 de Marzo de 1671, Archivo Histórico de Antioquia. Tomo 14. Documento 487.

[13] Piedraita Echeverri, Javier Pbro “Documentos y estudios para la Historia de Medellín”, pág. 222

[14] A.H.A Juicio Civil. 1710. Tomo 125. Documento 3430.

[15] Hijo de Don Ignacio Piedraita Velásquez y Doña Gertrudis Álvarez de la Guerra. Se casó con doña Josefa Mariaca en noviembre de 1776,  hija de Don José Mariaca y de doña Josefa Gutiérrez de Lara, quienes vivieron en Atoviejo en 1757. Sus caudales están reseñados en el censo de Medellín de 1786.

[16] Remató su puesto en $ 180 pesos, que confirmó la Real Audiencia de Bogotá el 18 de junio de 1744. Sin embargo en 1745, Don Francisco Miguel escribía al Consejo de Indias para solicitar la confirmación del puesto.

[17] Martín Alonso Medina. “Huella Histórica: Santa Rosa de Osos”. Padrón de 1779. página 82-83.

[18] Agustín era hijo de Fernando Antonio Montoya y Francisca, de su hermana, Josefa Montoya, ambos estaban casados con Piedraita Saavedra. Monografía Familia Tamayo. A.H.A.

[19] Rodríguez, Pablo “Cabildo y vida urbana en el Medellín Colonial”, página 106.   En 1740 vendió un pedazo de tierras de “pan y Caballería”, en el sitio del Atajo, Niquía,  a Don Agustín de Villa por  300 pesos, que antes había comprado a su cuñado el doctor Don Pedro Joseph de Celada. Igualmente, Don Agustín  compró en el mismo sitio, un pedazo de tierra de caballería al Doctor Don Carlos de Molina y Villa. AHA, Protocolo de Escribanos. 1745,  folio 14.Venta de Tierras

[20] Benítez, José Antonio Ibid.  página 63.

[21] Patiño, Beatriz. “Medellín en el siglo XVIII”.  En: Historia de Antioquia. Editorial Suramericana. Página 150. A.H.A. Censo y Estadísticas. Tomo 340. Documento 6503.

[22] AHA Protocolo de Escribanos, 1764, folio 21, la compra fue por $ 1.300 pesos.  Fue Alcalde Ordinario en 1748. Benítez, José Antonio Ibíd.,  página  63.

[23] Censo de Caudales. Hatoviejo. 1786. A.H.A. Censo y Estadísticas. Tomo 340. Documento 6503.

[24] Aguirre, Guillermo “Parentelas con Raíces en Bello”.  En el Periódico “El Municipio y su historia”. Año III, noviembre de 1995. página 2