Para que la memoria no se olvide

De Hatoviejo a Bello

Autor: 
Edgar Restrepo
Publicado en: 
Domingo, Enero 29, 2017 - 3:42pm
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El origen del municipio de Bello se encuentra en la merced  de tierras otorgadas a Don Gaspar de Rodas en 1574, en el valle de Aburra. En  el sitio de Niquía, Rodas formó una estancia de ganado con los pocos indígenas del lugar, no fundo ningún poblado oficialmente, ni creo parroquia o casco urbano reconocible. El sitio actual de Bello vino a constituirse luego de procesos diversos de poblamiento espontáneo. Posteriormente, el territorio recibió sucesivos nombres: Hato de Rodas, Hato de Alarcón y, finalmente, Hatoviejo en 1613, como forma de distinguirlo por su antigüedad de los otros hatos como la Tasajera (Copacabana) y Hatogrande (Girardota).

Las tierras de Rodas se dividieron en manos de sus herederos y esto dio para su lenta ocupación y poblamiento entre 1660 y 1750, por inmigrantes españoles, payaneses y santafereños.  Desde 1615, los indígenas Niquías fueron trasladados al poblado de San Lorenzo (Medellín), por orden del oidor visitador Francisco de Herrera Campuzano.

El siglo XVIII vio crecer la población de Hatoviejo, pues se pasó de  aproximadamente 581 personas en 1675 a 977 personas entre blancos, mestizos, esclavos y mulatos en 1786[1]. Este crecimiento se debió principalmente a la crisis minera del siglo XVII que impulsó la formación de nuevas haciendas y fortaleció el flujo migratorio, igualmente  a la fuerte atracción que el Valle de Aburrá, ejercía sobre las gentes de Santa Fé de Antioquia por ser un territorio de ricas tierras de labranza. En efecto, la hacienda como unidad productiva por excelencia, aglutinó los diferentes pobladores de la localidad y estimuló la conformación de nuevos referentes espaciales: Hatoviejo, Niquía, Fontidueño y Madera.

En 1786,  el sitio de Nuestra Señora del Rosario de Hatoviejo se elevó a la categoría de Partido, adscrito a la jurisdicción de la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín. Se le asignó un párroco, Don Mateo Palacio y Guerra, un juez pedáneo subalterno de Medellín, Don Lorenzo de Mesa y se le señalaron límites: “Desde la quebrada nombrada de Don Lorenzo Escobar, por un lado del río de dicha villa, hasta la quebrada de la Madera; por el otro lado: desde la quebrada de la Puente (hoy quebrada  de Rodas), hasta la quebrada Seca. Y de cumbre a cumbre de las lomas, que vierten a dicho río; que unos y otros límites contienen, en largo una legua de tierra, y en ancho como dos leguas y media…”[2]

El Hatoviejo colonial se caracterizó por la apropiación y la explotación de sus recursos naturales y minerales, así como de la mano de obra mestiza y esclava por parte de varias familias blancas descendientes de los primeros españoles de la provincia de Antioquia. Algunas de esas familias fueron los Piedrahita y Saavedra, los Villa Castañeda, los Gutiérrez, los Montoya, los Tamayo y los Barrientos[3].

La hacienda colonial fue autosuficiente, es decir, suplía todas las necesidades económicas de la localidad y generaba a su alrededor variedad de actividades como la molienda, la herrería, la carpintería o la albañilería. Igualmente utilizó en su mayor parte mano de obra esclava, que representaban un bien de alto valor en el patrimonio de los hacendados locales.

Para principios del siglo XIX, Hatoviejo se había convertido en un sitio que realizaba intercambios comerciales con las tierras altas de San Pedro y las minas de San Rosa de Osos, abasteciendo carne, maíz, hortalizas, entre otros; apoyados  en una abundante  cría de caballos y mulas. Así mismo,  el estamento mestizo o pardo libre fue creciendo en su población, sustituyendo paulatinamente en el trabajo a los esclavos. Esto sucedió especialmente después de la independencia de Antioquia que había promulgado la manumisión de esclavos con Don Juan del Corral en 1814.

“El espacio de Hatoviejo estuvo organizado de acuerdo con el rol económico de sus gentes. Las casas, pajizas unas y de teja otras, se plantaron a lado y lado de la calle principal y casi única. Era común la referencia “calle arriba y calle abajo”, que tomaba como punto central la plaza y la iglesia del Rosario”[4].

Durante el resto del siglo XIX,  Hatoviejo estuvo suscrito a la jurisdicción de Medellín y vivió los  avatares de las guerras civiles, causando un descenso en su población y por ende en su economía, además las reformas liberales de mediados de siglo  afectaron las grandes propiedades y en general el panorama político de la provincia de Antioquia.  Por otro lado, la administración pública  se afianzó con la construcción de un edificio que albergó la cárcel, la escuela y las oficinas del alcalde, los jueces y el cabildo. Un miembro de la élite local, Don José María Barrientos expresaba especialmente que la cárcel era un buen instrumento para “escarmentar y contener a la plebe de los excesos comunes”.

Hacia finales del siglo, concretamente en 1883, Hatoviejo cambiaría su nombre  por el de Bello.  El 27 de octubre, cincuenta y seis ciudadanos, entre ellos, el inspector de policía José Domingo Sosa y los presbíteros Nilo Hincapié y Baltasar Vélez Barrientos dirigieron un memorial  al presidente del Estado de Antioquia, en el cual argumentaban que la denominación Hato los había hecho ser despreciados y humillados, era un nombre injurioso porque “era propio solamente para una manada de cuadrúpedos que pastan en una dehesa”. Si Hatogrande cambió su nombre  por “el héroe del inmortal del Bárbula”, el pueblo de Hatoviejo quiere hacerlo por el de Bello “más culto, más propio y más digno… (nombre) del amigo y consejero de Bolívar, del gran patriarca de las letras americanas”. También aducían que joven Marco Fidel Suárez lo había propuesto por ser miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, por haber estudiado y admirado a Andrés Bello[5].

Finalmente, Bello se convierte en municipio cuando por ordenanza de la Asamblea Departamental número 48 del 29 de abril de 1913, es segregado como corregimiento del Municipio de Medellín.  Para esos momentos, se tendían los primeros rieles del ferrocarril en el naciente municipio y se levantaba la estación, que comunicaría sus habitantes con Medellín y el resto del departamento. Posteriormente y ante el incremento del volumen de carga y el proceso de urbanización, se construyeron los talleres del Ferrocarril entre 1921 y 1925, año de su inauguración.

 Por otro lado, en 1923, Bello veía nacer la industria textil con Tejidos e Hilados el Hato, Fabricato. Ambas industrias atrajeron gentes de otros municipios y produjo el incremento de la población y una nueva dinámica social y económica. Fue una modernidad de fuertes contrastes y un desarraigo de sus pobladores, que aún  tienen la esperanza de forjar un mejor futuro.



[1] Edgar Restrepo Gómez “Para Escarmiento y contención de la plebe”  (Hatoviejo 1675-1820), en Revista Huellas, del Centro de Historia de Bello, Año V, No. 5 Diciembre 2003-Marzo 2004. página 8.

[2] Archivo Histórico de Antioquia, Censo y Estadística, Tomo 340, Documento 6503

[3] Edgar Restrepo Gómez “Las Familias de la élite en el Hatoviejo Colonial”. en Revista Huellas, del Centro de Historia de Bello, Año VI, No. 6  Diciembre 2004-Marzo 2005. página 8.

[4] Patrimonio Cultural del Municipio de Bello”. Alcaldía Municipal. 2003. Reedición y ampliación: Bello y el nuevo Municipio página 45.

[5] Guillermo Aguirre,  Periódico El Municipio y su Historia, Diciembre 2002-Marzo 2003. pág. 4.